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La actualidad mundial se nos presenta como una época marcada por profundas transformaciones disciplinares que ocurren de manera interdependiente y convergente en diversos ámbitos. Los avances tecnológicos resultan especialmente llamativos cuando se pretende incorporarlos con inmediatez como novedades dentro de sistemas o métodos educativos; sin embargo, esa prisa suele convertir su aplicación en un acto de urgencia y no en el resultado de un análisis pedagógico previo que justifique su integración en contextos escolares específicos.
La vinculación entre tecnologías emergentes y educación —o de la educación hacia las tecnologías— adquiere especial relevancia en el caso de la Inteligencia Artificial (IA), que hoy se configura como un sendero por el cual múltiples disciplinas desean transitar, y como una realidad que nos aproxima a una reconfiguración de lo humano.
Diversas aplicaciones de la IA se orientan al diseño de planes y programas de estudio en todos sus niveles, a la innovación de métodos de enseñanza, al seguimiento personalizado de procesos formativos, a la creación de materiales didácticos, a la formulación de nuevas estrategias pedagógicas y a la optimización administrativa de centros educativos. Este panorama evidencia un uso amplio, aunque en ocasiones indiscriminado, que no siempre cuenta con marcos normativos claros que fundamenten su incorporación responsable.
Desde esta perspectiva, el dilema sobre el uso de la IA en educación se revela como un desafío, pero también como una oportunidad para consolidar una educación integral, armónica y profundamente humana. En este proceso serán determinantes los valores, el compromiso ético y la reflexión crítica para integrar prácticas generativas orientadas a mejorar el aprendizaje, renovar los sistemas de enseñanza, fortalecer la gestión educativa y rediseñar la formación docente mediante redes de intercambio que promuevan una educación basada en la participación democrática y la justicia social.
Más que aciertos y errores, se hacen intentos; el intento sin que se produzca el error, o el acierto sin que medie el acto intencionado, o sin el reconocimiento de que existe (error o acierto) por ese hecho, es un vergel por donde los entramados de una voluntad infantil y adolescente se encamina hacia la fanatismo y la violencia, donde los creyentes propagando acometer las causas con aciertos solicitados y errores indemnizados, en realidad fomentan las secuelas advertidas.
Aprender del error no implica aprender a ya no errar, quizá se aprenda a seguir errando, o del acierto a seguir acertando siempre de la misma manera repitiendo circunscribas prescritas, porque no se desata la intención a otra forma; entonces pregunto: ¿es el error motivo para aprender, o lo es el acierto, o ambos a la par? Del intento se aprende a seguir intentando las veces que sean, sin que en ello se interrogue a la frustración del error constante o se habilite el bloque intraspasables del acierto educado. Aprender del intento, establece los límites del límite mismo para seguir aprendiendo y no del error o del acierto como una razón tácita.
El desarrollo del acto intencionado permite por sí solo aprender a intentar modificando las vías para encontrar algo nuevo, aun acertando; es decir, en el acierto no se da por terminada la intención ni la búsqueda, por el contrario abre la posibilidad de otras rutas para el acierto, otros caminos donde pueden ocurrir inesperados que sorprendan y atrapen la curiosidad y motivación indispensables para aprender, descubrir y crear al nuevo.
El intento por sí mismo refrenda en el sujeto un vigor, una relación entre lo que soy y lo que puedo ser, entre lo que el presente me remite como acierto o error de un pasado hegemonista y un futuro arrebatado en tanto expectativa de que algo puede suceder, otro cauce a una circunscripta expectativa. Será un intento, o miles de ellos, y por ello no cesará el sujeto mismo de intentarlo. Siempre habrá en ellos una especie de inconformidad, un querer reconocerse en sí mismo, un no esperar algo de los otros que intentaron, sino del intento en sí por mí mismo.
Esta experiencia a indiferencia al acto intencionado es lo que lleva a los jóvenes a ligarse a algo que les dé ese reconocimiento que esperan, y lo busquen en la satisfacción de la violencia en portada o la excitación del dinero fácil en candilejas, porque a ellos se les ha enseñado a dejar de intentarlo porque aciertas o porque no aciertas, aquel que ha aprendido del error enaltecido o del acierto requerido en esa especie de indefensión que subyace a las especulación recriminante: “no puedes”, a la conjura colectiva de: no sucederá porque no está en ti intentarlo, ¡no podrás!. Es ese camino de indiferencia a los intentos donde una aspiración educativa espera frutos de un conocimiento canónico, de lo que esperan que repitas, como si en esa compulsión flagrante de valoración educativa estuviera el futuro de un México nuevo.